Eran hombres sombríos y rudos que, así como habían aprendido a manejar los machetes que pendían de sus cinturas, también habían asimilado, de sus ex patrones, algunas costumbres británicas como el té de las cinco de la tarde o el atildado juego del «cricket» (que ellos llamaban «crochet» y que luego, caprichosamente, se transformaría en una modalidad de tejido).
- Roberto Fontanarrosa, Una lección de vida